El jurista Miguel Hierro, dice que la mentira al igual que los catarros, los padece todo el mundo. Cuando uno está chiquillo, miente por tonterías y generalmente se miente por miedo. Estos años de infancia son determinantes para todos, por que es ahí cuando se aprende a mentir. Hay gente que nunca lo logra: tiemblan, quitan la mirada, se traban, se ponen visiblemente nerviosos. Pero hay personas que aprenden a mentir muy bien, con gracia... mienten creyéndose su mentira y por ende la mentira termina sabiendo a verdad.
Yo desde pequeña he sido experta en mentirle a mis papás, les he escondido cualquier cantidad de cosas. Los he tramado un sin número de veces y finalmente, me volví experta en la materia. Para rematar terminé estudiando Derecho y la mentira se volvió parte usual de mi vida... lo empecé a ver como algo sencillo y rápido que me permitía hacer lo que quisiera, cuando quisiera y con quien quisiera.
Pero la mentira, como cualquier acción tiene una reacción. Trae consecuencias, directas o indirectas y al final... siempre deja huella. Siempre de alguna forma la mentira termina por marcarlo a uno, por producir una sensación de error. Pero al final, creo que la peor sensación que produce una mentira es la decepción del tercero que se entera de ello... la decepción de un padre, de un hermano, de un amigo. Por que todavía el enojo que les pueda producir, crea en uno una sensación de resentimiento, de "Bueno ya entendí, no me regañe más". La decepción no tiene arreglo, no tiene nada más que ser que eso y termina creando en uno una especie de dolor, como algo que quema...
lunes, 23 de marzo de 2009
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